WOLFOWITZ EN FILIPINAS: UN COMENTARIO HISTÓRICO AL PIE

 

por Walden Bello *

Una solicitud reciente de información sobre los antecedentes del presidente entrante del Banco Mundial Paul Wolfowitz en Filipinas, trajo a la memoria los últimos días del régimen de Marcos en los años 1985-86 y el papel central que tuvo la intervención de los Estados Unidos en determinar la forma en que se resolvió esa coyuntura crítica en la historia de las Filipinas.

En su condición de subsecretario de Estado del gobierno estadounidense, Wolfowitz fue en ese momento uno de los que presionó a favor de una estrategia de descompresión política a través de elecciones en el país. El objetivo no era sacar a Marcos del gobierno sino llevarlo a colaborar con la elite opositora para impedir que la izquierda ganara más terreno. Un objetivo clave era impedir que se asociara muy estrechamente a Marcos con Estados Unidos, lo que podría poner en riesgo los intereses estratégicos de Estados Unidos en ese país. El objetivo estratégico de esa política de descompresión era asegurar el futuro de las dos grandes bases militares estadounidenses, la base aérea de Clark y la base naval de Subic.

Wolfowitz trabajó con un equipo liderado por el entonces Subsecretario de Estado para Asuntos Políticos, Michael Armacost, el jerarca del Departamento de Defensa Richard Armitage, el jerarca del Departamento de Estado John Meisto y el Embajador de Estados Unidos en Filipinas Stephen Bosworth.

La estrategia de este equipo se formuló en un Documento de Estudio de Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 1984. Allí se establecía que “Estados Unidos … no quiere sacar a Marcos del poder ni desestabilizar el Gobierno de Filipinas.” Por el contrario, su intención era utilizar a Marcos para estabilizar la situación:

 

“Si bien el Presidente Marcos se ha convertido en parte del problema en este momento, también es necesariamente parte de la solución. Debemos ser capaces de trabajar con él y tratar de influir sobre él mediante una política de incentivos y desincentivos bien orquestada a fin de montar el escenario para una transición pacífica definitiva hacia un nuevo gobierno”. También señalaba que: “una consideración absolutamente prioritaria debe ser evitar quedar atrapados entre la lenta erosión del control autoritario de Marcos y la todavía frágil revitalización de las instituciones democráticas, quedando como rehenes de la suerte política de Marcos, cargando el peso de la responsabilidad final por el triunfo de la insurgencia, o etiquetados con el éxito o el fracaso de determinados individuos protagonistas del liderazgo moderado”.

El 30 de octubre de 1985, Wolfowitz le comunicó al Senado de los Estados Unidos que las elecciones filipinas debían realizarse pronto ya que “el tiempo se está acabando, pero no se está usando bien”. Solamente una “acción drástica” detendrá la “ola de la insurgencia comunista”. El 3 de noviembre Marcos anunció la realización de elecciones, y el 12 de ese mes Wolfowitz declaró ante una audiencia del Congreso que presionar a Marcos para que realizara elecciones era fundamental ya que “las elecciones pueden ser la piedra angular de una campaña eficaz de contrainsurgencia, al demostrar que el gobierno está comprometido a satisfacer las aspiraciones del pueblo que reclama un liderazgo receptivo y de su propia elección.”

En vez de estabilizar la situación y fijar las bases para un acuerdo de compromiso entre Marcos y la elite opositora con el fin de impedir el ascenso de la insurgencia, tal y como pretendían Wolfowitz y compañía, las elecciones llevaron a la histórica revuelta del “pueblo al Poder” que dejó a Marcos aislado y con su gobierno colgando de un hilo. El Presidente Ronald Reagan, por lealtad hacia Marcos, dudó si cambiar o no de bando, y esto, tal como lo expresara otro protagonista clave, William Sulivan, amenazó con “transformar en derrota un partido que ya estaba prácticamente ganado”. En ese momento, Wolfowitz y compañía presionaron a Reagan y lograron convencerlo de desechar a Marcos y sacarlo a Hawai, y de darle la venia y reconocer al gobierno entrante de Aquino.

 

A pesar de todo, el equipo del Departamento de Estado consideró que su estrategia había tenido éxito en términos de salvar los intereses de los Estados Unidos, dado que la elite y la clase media filipinas consideraron que Estados Unidos había contribuido a presionar a Marcos para que convocara a elecciones. Tal como lo expresa claramente Michael Armacost en un informe de antecedentes del 23 de abril de 1986: “nuestro objetivo era captar … alentar a las fuerzas democráticas de centro, luego consolidar el control ejercido por el medio y también quitarle el apoyo moderado que tiene el Nuevo Ejército Popular [NPA por su sigla en inglés]. Hasta ahora, misión cumplida”.

La izquierda, que suponía que Estados Unidos apoyaría a Marcos hasta el final, quedó en efecto confundida por el cambio de actitud repentino de Estados Unidos que le quitó su respaldo al dictador. Además el nuevo gobierno de la Presidenta Corazón Aquino se alineó firmemente con Estados Unidos, haciéndose cada vez más dependiente de la protección estadounidense ante varios intentos de golpe de Estado a manos de ciertos elementos de las fuerzas militares filipinas. Aquino aceptó diligentemente la política macroeconómica impulsada por el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro estadounidense, que otorgaba prioridad al pago de la deuda que Filipinas mantenía con Estados Unidos y otros bancos extranjeros, en lugar que a las políticas de desarrollo. Aquino también presionó para que las bases militares estadounidenses permanecieran en el país. Sin embargo, en este punto enfrentó la oposición de un bloque nacionalista en el Senado filipino, que finalmente determinó el desmantelamiento de las bases militares en 1992.

La transición Marcos-Aquino podría presentarse como un ejemplo de contrainsurgencia exitosa que introduce la democratización formal, a la vez que deja en pie tanto la estructura de dominio elitista como la alianza de esa elite con Estados Unidos.

Cuando Wolfowitz fue nombrado embajador en Indonesia, muchos lo interpretaron como un premio a su actuación durante la crisis filipina. Pero como en Indonesia no existía una amenaza creíble de la izquierda, Wolfowitz se limitó fundamentalmente a seguir con la política estadounidense de apoyo pleno al Presidente Suharto. Si alguna vez aconsejó a Suharto que “descomprimiera” su gobierno, esto nunca llegó a ser de dominio público.

* Walden Bello es Director ejecutivo de Focus on the Global South y profesor de Sociología en la Universidad de Filipinas