por Walden Bello*
“Un ejército del pueblo”
Por primera vez tomé conciencia de que algo interesante e inusual estaba pasando en Venezuela cuando, ante un sarcástico comentario sobre la realización de una reunión contra la guerra en una base de la fuerza aérea en el marco del Foro Social Mundial de 2006, un integrante de la audiencia se levantó, y en el mejor estilo pedagógico nos dijo a los extranjeros, “Vean, lo que tenemos aquí en Venezuela no es un ejército regular, sino un ejército del pueblo”

Venezuela está atravesando, si no una revolución, un proceso de cambio radical, y las fuerzas armadas están precisamente en el centro del proceso. ¿Cómo es posible que esto suceda, se preguntan muchos escépticos, cuando, especialmente en Latinoamérica, los militares son en general agentes del status quo? Otros, menos escépticos preguntan: ¿Venezuela es la excepción, o es la ola del futuro?
Se han planteado muchas explicaciones sobre la conducta del ejército venezolano. Para Edgardo Lander, un connotado politólogo venezolano, una razón podría ser que en comparación con otros ejércitos latinoamericanos, el una proporción mucho mayor de “gente de origen humilde en el cuerpo de oficiales venezolano”. A diferencia de otros países latinoamericanos, sostiene Lander, “aquí las clases altas han visto con desprecio la carrera militar“.
Richard Gott, un especialista de primera línea en los temas de la izquierda americana, agrega otro factor: la mezcla de oficiales y civiles en el sistema educativo del país. “A comienzos de los años setenta, bajo un programa de gobierno conocido como el Plan Andrés Bello, un número significativo de oficiales del ejército fue enviado a las universidades, y allí, estudiando, por ejemplo, economía o ciencias políticas, se codeaban con otros estudiantes”.
Esta “inmersión” en la vida civil tuvo consecuencias decisivas. Uno, los oficiales estuvieron expuestos a las ideas progresistas, en un momento en que “la izquierda dominaba las universidades”. Dos, la integración del cuerpo de oficiales con la sociedad civil tuvo mayor profundidad que en la mayoría de los demás países de Latinoamérica.
Según Gott, otro elemento que probablemente jugó un papel crítico fue que, por algún motivo, Venezuela mandó al parecer muchos menos oficiales a la Escuela de las Américas del Ejército de Estados Unidos en Fort Benning, Georgia, que la mayoría de los países latinoamericanos. Esta escuela es el principal centro de entrenamiento en contrainsurgencia de las fuerzas militares del hemisferio occidental.
Ahora bien, estas condiciones, pueden haber contribuido a que el Ejército venezolano sea menos reaccionario que otros en América Latina, pero no explican por qué se transformó en una de las puntas de lanza de lo que hoy es la transformación social más radical que está teniendo lugar en el hemisferio. Gott, Lander y otros especialistas en Venezuela coinciden en algo: el papel absolutamente central de Hugo Chávez.
El factor Chávez
Chávez es muchas cosas a la vez: una figura carismática, un gran orador, un hombre que despliega su juego político a nivel local, regional y global con gran habilidad y vigor. Es además un hombre del ejército que reverencia la institución militar como la institución que, bajo el mando de Simón Bolívar, liberó a Venezuela y buena parte de América Latina del yugo colonial español; y alguien que actúa con el convencimiento de que está destinado a jugar un papel decisivo en la transformación social de Venezuela.
Chávez, según él mismo lo cuenta, ingresó en el ejército porque sería un trampolín para poder jugar profesionalmente al béisbol. Sin embargo, cualquiera haya sido su motivación inicial, su incorporación se produjo en un momento de gran flujo institucional. El ejército de los años setenta, estaba dedicado a las operaciones contra la guerrilla al mismo tiempo que sus oficiales entraban en contacto con las ideas progresistas en la universidad gracias al Plan Andrés Bello, y muchos de ellos eran reclutados por grupos de izquierda para integrarse a grupos de discusión clandestinos.
En lugar de transformarse en una estrella del béisbol, Chávez se convirtió en un popular instructor de Historia de la Academia Militar de Venezuela, al tiempo que avanzaba en la cadena de mando. Cuando no estaba cumpliendo con sus tareas oficiales, se dedicaba a conformar un agrupamiento clandestino de jóvenes oficiales idealistas que pensaban como él, llamado el Movimiento Revolucionario Bolivariano. Desilusionados de lo que consideraban un sistema democrático disfuncional, dominado por partidos corruptos –Acción Democrática y COPEI- que se alternaban en el poder, estos jóvenes militares evolucionaron de un círculo de estudio a una conspiración en la que incubaron las ideas para un golpe de estado que, según pensaban, inauguraría un período de renovación nacional.
Tal como lo expone Richard Gott en su libro magistral “Hugo Chávez and the Bolivarian Revolution” (Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana), los preparativos de Chávez fueron sobrepasados por el “Caracazo” de 1989, un cataclismo social que se originó en una abrupta suba en los precios del transporte generada por las presiones del Fondo Monetario Internacional. Durante unos tres días, miles de pobladores pobres de la ciudad provenientes de los ranchos y los cinturones en las colinas que rodean Caracas, descendieron al centro de la ciudad y a los barrios ricos para saquear y amotinarse, en lo que fue una guerra de clases mal disfrazada. El caracazo quedó grabado a fuego en las mentes de muchos jóvenes oficiales. No sólo les reveló cómo la vasta mayoría de la población se había desencantado profundamente del sistema de la democracia liberal, sino que hizo también que muchos sintieran la amargura de estar ubicados en la posición de tener que dar la orden de balear a centenares de pobres para defender ese mismo sistema.
Cuando Chávez recibió la comandancia del regimiento de paracaidistas casi tres años después, él y sus compañeros de conspiración sintieron que era el momento indicado para el golpe largamente planificado. El intento fracasó, pero catapultó a Chávez a la fama a los ojos de muchos venezolanos … y a la notoriedad a los ojos de la élite. Chávez apareció en la televisión nacional para pedir a las unidades participantes que depusieran sus armas, y, según Gott, ese “minuto al aire, en un momento de desastre personal, lo transformó en alguien que fue visto como potencial salvador del país”. Chávez asumió plena responsabilidad por el fracaso del golpe pero electrificó a la nación cuando declaró que “volverán a surgir nuevas posibilidades”.
Chávez fue encarcelado, y casi inmediatamente después de su liberación comenzó su campaña por la presidencia. Estaba determinado a conseguir lo que no había podido lograr con el golpe, ahora por medios constitucionales. Aunque ya había dejado el ejército, continuaba en estrecho contacto con sus compañeros oficiales y con la tropa, entre los que contaba con una gran popularidad. En 1998, cuando finalmente ganó la presidencia por un amplio margen, no resultó sorprendente que designara oficiales militares de su confianza para ocupar la dirección de las agencias claves del gobierno. Más importante todavía, Chávez condujo al ejército a desempeñar un papel fundamental como instrumento institucional clave del cambio que estaba desatando en el país. El terrible desastre producido por las lluvias torrenciales de 1999 le proporcionó una oportunidad para desplegar al ejército en su nuevo rol, y las unidades militares se movilizaron creando y haciendo funcionar comedores y construyendo viviendas en terrenos militares para miles de refugiados. Se puso en marcha una campaña cívico militar y las unidades de ingeniería se pusieron al servicio del nuevo plan de gobierno para crear “establecimientos agro-industriales sustentables” en distintas partes del país. También se habilitaron los hospitales militares para atender a los pobres.
La transformación del ejército: problemas y oportunidades
La participación del ejército en un programa de cambio radical no fue vista sin embargo positivamente en todos los ámbitos de las fuerzas armadas. En realidad, muchos generales estaban resentidos con el ex-coronel populista y, cuando el proceso se aceleró, en tanto Chávez se movía para instrumentar la reforma agraria y asumir el control directo de la industria del petróleo, estos elementos, en conjunto con los propietarios de los diarios, la élite y la clase ociosa, comenzaron una conspiración para derrocarlo por la fuerza.
Después de una serie de confrontaciones violentas entre la oposición y los chavistas en las calles de Caracas, un golpe puesto en marcha por una serie de generales de alto rango, incluyendo el comandante en jefe de las fuerzas armadas, el jefe del estado mayor, y el comandante en jefe del ejército, tuvo éxito en derrocar a Chávez el 11 de abril de 2002. Sin embargo, la mayoría de lo oficiales con mando de tropa y la mayoría de los oficiales jóvenes permanecieron leales a Chávez o se mantuvieron neutrales, y cuando miles de pobres descendieron de las colinas hacia Caracas para exigir la liberación de Chávez, los militares leales lanzaron un contra-golpe, arrestaron a los conspiradores y restauraron a Chávez en el poder.
El intento de golpe frustrado fue una bendición en al menos un aspecto: le dio a Chávez la oportunidad de completar la transformación de las fuerzas armadas. Unos 100 generales y oficiales del más alto rango fueron pasados a retiro por traición, y los puestos clave en el alto mando pasaron a manos de militares leales a Chávez y la Revolución Bolivariana.
La purga probablemente privó a Estados Unidos, que había apoyado el golpe, de sus sostenes clave en el ejército venezolano.
El proyecto de Chávez, que ahora él define como un movimiento hacia el “socialismo”, se basa en el enorme apoyo que tiene entre los pobres de la ciudad y el campo. Sin embargo, el ejército es la única institución organizada con la que cuenta Chávez para realizar los cambios. La prensa le es hostil. También la jerarquía de la Iglesia. La burocracia es lenta y está plagada de corrupción. Los partidos políticos están desacreditados, y el propio Chávez está a la cabeza de los ataques en su contra, prefiriendo mantener a sus seguidores organizados como un movimiento de masas poco estructurado.
Dada la centralidad de las fuerzas armadas como institución de la reforma, Chávez ha creado un ejército auxiliar urbano o de reservistas para que apoyen al ejército regular. Originalmente conocidos como los “círculos bolivarianos”, esta fuerza de reserva, que se proyecta a un número que podría ser de un millón de personas, se ha vuelto instrumental en la organización y realización efectiva de los programas sociales en los asentamientos marginales. Estos auxiliares también participan actualmente, en conjunto con la Guardia Nacional, en la expropiación de las tierras de propiedad privada que se realiza en el acelerado proceso de reforma agraria.
Escepticismo en algunos lugares
Considerando su papel central en la Revolución Bolivariana, muchos observadores se preguntan lo siguiente: ¿estarán las fuerzas armadas a la altura de los acontecimientos?
Para Chávez, según el analista político Lander, las fuerzas armadas son confiables porque no son corruptas y son más eficientes que otras instituciones a la hora de obtener resultados. Lander lo cuestiona. “No creo que haya nada inherente en la institución militar que la haga de alguna forma menos susceptible a la corrupción que otras instituciones”. En cuanto a la eficiencia militar, dice, es mitad cierta. “Sí, los militares pueden ser eficientes cuando se trata de resolver problemas inmediatos como la construcción de escuelas u hospitales a cargo de médicos cubanos. Pero no son una solución a largo plazo. Es necesario institucionalizar estas soluciones, y es ahí donde está la debilidad de esta revolución. Hay una proliferación de soluciones ad hoc que se mantienen ad hoc”.
Sin embargo, no hay duda de que entre Chávez y su generación de oficiales hay un fervor reformista que alimentará a la revolución durante algún tiempo por venir. Este fervor nace de un enorme sentido de frustración, que Chávez expresó a Gott en una entrevista hace unos pocos años: “Durante muchos años los militares venezolanos fueron eunucos: no se nos permitía hablar, teníamos que mirar en silencio mientras veíamos el desastre causado por gobiernos corruptos e incompetentes. Nuestros oficiales en jefe robaban, nuestras tropas no comían casi nada, y teníamos que mantener una disciplina estricta. Pero ¿qué clase de disciplina es esa? Se nos hacía cómplices del desastre”.
¿Un modelo para otros países?
Los sentimientos expresados por Chávez en el párrafo anterior probablemente resonarían en muchos oficiales jóvenes de muchos ejércitos en otros países del Tercer Mundo. Lo que nos plantea la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las lecciones de la experiencia venezolana para otras sociedades en el Sur? Más específicamente ¿es replicable la experiencia venezolana?
En vez de hacer comparaciones amplias, quizá sería más inteligente tomar por ejemplo un ejército que hoy atraviesa una situación de aguda confusión y descontento, muy parecida a la que vivía el ejército venezolano a fines de la década de 1980: el ejército filipino. La inquietud en las fuerzas armadas filipinas responde a la existencia de una crisis similar a la que atravesaba la sociedad Venezolana en aquel período: una profunda crisis de las instituciones democráticas liberales corruptas.
¿Se puede replicar la experiencia venezolana en las Filipinas?
La respuesta probablemente es un cauto no.
Primero que nada, a diferencia del ejército venezolano, el filipino no tiene una tradición nacionalista revolucionaria. No es descendiente directo de los Katipuneros y el Ejército de la Revolución Filipina de 1896-99. Fue formado por Estados Unidos luego de la “pacificación” del país, inicialmente para actuar como fuerza auxiliar para apoyar la ocupación de las tropas estadounidenses, luego para mantener el orden público durante el período colonial, y finalmente para respaldar a las fuerzas estadounidenses en su lucha contra los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Desde que se otorgó la independencia de Filipinas en 1946, las Fuerzas Armadas Filipinas han mantenido lazos muy estrechos con el ejército estadounidense a través de programas de asistencia y entrenamiento.
Esa relación con Estados Unidos hace que probablemente la experiencia militar filipina sea más típica que la de sus pares venezolanos.
En segundo lugar, el ejército Filipino no tuvo un equivalente del Plan Andrés Bello, que le permitió a los militares estar sistemáticamente inmersos en el sistema de educación civil y consistentemente expuestos no sólo a los últimos conceptos técnicos y de gestión, sino también a las ideas y movimientos progresistas. Pero incluso si hubiera habido dicho sistema, la hegemonía ideológica de la economía neoliberal en las universidades filipinas desde los noventa hasta ahora, probablemente habría vuelto nulos los efectos positivos de la inmersión.
En tercer lugar, en Venezuela, los militares mantenían una relación ambivalente con la izquierda política, por un lado la enfrentaban en su lucha contra las guerrillas, por el otro, absorbían sus ideas y propuestas de cambio. En las Filipinas, en cambio, los militares ven al Nuevo Ejército del Pueblo, al cual han combatido durante casi 30 años, como su enemigo mortal, tanto desde el punto de vista institucional como ideológico. No es de sorprenderse que si bien periódicamente surgen grupos como RAM (Movimiento para la Reforma de las Fuerzas Armadas) o Magdalo, sus programas han tenido poco contenido social y nacional, su agenda se ha limitado a llegar al poder y poner a los militares al mando de la sociedad para purgar la corrupción de los políticos civiles. El análisis de clase, el imperialismo y la reforma agraria, son conceptos que la mayoría de los oficiales ven como pertenecientes al paradigma de una fuerza militar rival.
Por último, si hay un ejército que está absolutamente permeado por las relaciones sociales dominantes de la sociedad civil, ése es el filipino. Desde sus máximas jerarquías hasta sus tropas, está inmerso en una red de relaciones patrón-cliente con las élites locales y nacionales. Las élites civiles  que compiten han cultivado y manipulado sus facciones dentro de las fuerzas armadas Incluso los grupos militares reformistas a menudo han terminado en relaciones de dependencia enfermizas con las élites políticas y económicas tradicionales. La relación de padrinazgo entre el político tradicional Juan Ponce Enrile y el militar rebelde Gringo Honasan por ejemplo, fue probablemente el factor clave que impidió que el RAM se transformara en una fuerza verdaderamente autónoma y progresista.
Pero si la historia tiene una condición, es la de ser abierta. Es posible todavía que los militares filipinos sean capaces de sorprendernos. Y esto también podría suceder con las fuerzas armadas en otros países. Después de todo, un observador de los círculos de las fuerzas armadas venezolanas a fines de los años ochenta probablemente habría apostado que, con esos cuadros jerárquicos corruptos tan ligados al ejército estadounidense, esa institución seguiría siendo un fiel instrumento del status quo en los años por venir.
*Walden Bello es profesor de sociología de la Universidad de las Filipinas (Diliman) y director ejecutivo del instituto de investigación Focus on the Global South con sede en Bangkok. Recientemente visitó Venezuela.

 

Enfoque Sobre Comercio es editado por Nicola Bullard ([email protected]) .

Traducción: Alicia Porrini y Alberto Villarreal ([email protected]gmail.com) para

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